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jueves, junio 12, 2014

Ella

Yo podía verla diáfana como un gato. Sobre todo cuando ella estaba sentada hecha un ovillo en el sillón y permanecía silenciosa en el distante mundo de su pasado. Hundida en el sofá, su falda siempre combinaba con la tela roja del sillón fuera de color verde, fuera plateada o fuera morada. Como su personalidad, su ropa tenía la capacidad camaleónica de los animales que se confunden con el ambiente. También se confundía con su entorno, como muchas chicas bonitas se pueden confundir: con un cigarrito en la boca roja, con un cóctel en la mano decorada con pulseras, con lentes sin marco sobre la nariz blanca y respingada.

Ya no recuerdo su voz. O sus palabras. Era una imagen de una película que me acompañaba por las noches, su cuerpo macizo y flaco recostado en el lado izquierdo de la cama. El cigarrillo colgaba de sus dedos. La ceniza caía en las sábanas. La música sonaba de fondo y el silencio en su boca. Muchas veces encontré nuestros diálogos en películas que vi después de que ella se fuera de nuestra escena. Soñé nuestras conversaciones de boca de actrices, ahora que la recuerdo y la olvido frente a la pantalla. Ahora que ya no sé si está recostada a mi lado mientras cierro los ojos con fuerza para ver su cabello rubio colgando sobre mi almohada.

La toalla azul huele a ella. Todavía está húmeda. Salí de la ducha y encontré la toalla tendida sobre el lavabo. Cuando me sequé la cara sentí su buqué a máscara de pestañas, crema humectante para piel seca, cigarrillos negros y almendras. Y sentí deseos de probar el salado sabor de su excitación con la lengua. La apoyé en la toalla y sentí con placer su sudor ácido. En la habitación el televisor calló de repente y con el silencio mi agitación viró en llanto. Yo sé que ella no volverá dije en voz alta para consolarme. Caminé derrotada al dormitorio. Soy consciente de que ella jamás vuelve atrás. Soy parte de su pasado, soy una película que no volverá a ver.


La pantalla del televisor está negra. No entiendo. No entiendo cómo el enchufe pudo desconectarse mientras me duchaba. Dudo, quizás lo desenchufé sin saberlo. Quizás ya no se qué hago y es ella la que maneja mi cuerpo a la distancia. Necesito ver mi imagen en el espejo. Quizás, ahora soy ella.

jueves, marzo 20, 2014

Chihuahua

¿Dónde meto este chihuahua? Por favor, ¿cómo se le puede ocurrir a Martín regalarme un perro? Y encima un chihuahua. ¡Socorro! ¡No para de ladrar! Mi papá me va a asesinar. Lo sé. O peor: me va a echar a la calle como un perro con chihuahua y todo. La noticia del chihuahua va a ser peor que aclararle que Martín es mi novio desde hace 6 meses. ¿Y si lo mata? ¡Por favor! ¿Cómo se apaga ese perro? ¡No para de chillar! Es imposible ocultarlo. Creo que cabe en mi maleta. Ven perrito, ven. ¡Deja de ladrar! ¡Ya! ¡Cállate! Son pasadas las 5 de la tarde, ya debe estar por llegar. Tengo que ver qué hago con este perro. ¡No! ¡No orines la cama! ¡Madre mía! ¡Estoy en crisis! –y coge el celular- Martín. Alo, ¿Martín? Ven por tu perro, yo no lo quiero. ¿Cómo? No, yo no puedo quedármelo. Sabes que la cosa se me va a poner fea en casa. No, no es que ya no me guste. Si, sé que es bonito y que yo quería adoptarlo, pero no así. ¡No me grites! No, no te pongas bravo… Sí, me gusta el perrito, pero… Bueno, bueno. Entiendo, estás en una reunión. Claro, hablamos luego. Bye. ¿Y tú qué miras, con esa cara de perro anoréxico estúpido chihuahua? ¡Si al menos fueras pit bull o bull terrier inglés! ¿Qué voy a hacer contigo? ¡Cállate, te lo ruego! ¡Deja de chillar! –golpean la puerta de su habitación- ¡¿Quién es?!
-¿Qué es ese alboroto Camilo? –preguntó su madre mientras entraba a la habitación-.
-Ma, es que Martín me regaló un perrito. Míralo, es bonito, ¿verdad?
-¿Eso es un perro? Camilo, eso parece un muñeco de trapo, aparte no deja de ladrar. ¿Qué va a decir tu padre? Camilo, ¿en qué pensabas cuando aceptaste ese perro?
-Ay, ma, es que es bonito, sé que lo podemos domesticar, es muy pequeño todavía.
-Camilo, sabes que a tu padre no le va a gustar ese bicho. Tienes que llevártelo antes de que regrese.
-Ma, porfa, es de raza, es bonito y además es muy costoso, me dijo Martín que salió cerca de un millón de pesos. Sé que lo podemos domesticar, porfa, ma.
-¡No seas necio! ¿Quién le va a dar alimento y llevar al veterinario? ¡Un millón de pesos por esa rata! ¿No consiguió por un millón de pesos al menos un poodle? No, Camilo. Ese perro en esta casa no se queda. ¡Y haz que deje de chillar! ¡Madre Santa! ¡Es insoportable! Ese perro se va de esta casa, verás tu si quieres acompañarlo.

-Bueno, ma –respondió mientras cogía al perro y lo guardaba en su maleta-.     

sábado, noviembre 02, 2013

Los losers del sábado a la noche

Lorena sentada en la mesa vio cómo su papá le sirvió una copa de vino tinto a su mamá en la mesa. Ella la sostenía inclinada y sonreía mientras se llenaba poco a poco. Su papá también le ofreció vino y llenó su copa por la mitad. Era sábado por la noche. La cena consistía en lomo al horno con papas y batatas. De postre ensalada de frutas con crema. Una taza de café. Y después, encender el televisor para no escuchar cómo sus padres tenían sexo en su habitación.

Acostada en la cama, con la colcha cubriéndole la nariz, hacía zapping a toda velocidad. A pesar del volumen, podía escuchar los golpes de la cama matrimonial contra la pared. Casi podía imaginarlos, su papá arriba como un Adonis con panza y pulóver de pelos en pecho y su mamá suspirando debajo de sus senos talla 100 y abdomen de pilates. Y ella sola, en su habitación, como cada sábado a la noche, poniendo programas que no veía para evitar escuchar el alboroto de la pasión paternal. 

A las 11,05 escuchó el primer orgasmo. Oyó cómo la puerta de la habitación se abría y alguien iba al baño. Por el ruido al andar supuso que, esta vez, había salido primero su papá. Se sentó en la cama, indignada. Manoteó el celular, rezándole a Facebook por su salvación. El milagro: un mensaje privado. 

Dami Cullen 

“Hola! Sos relinda ¿sos de capital?”

Lorena Parra 

“hola ¿quin sos? ─tipeó en un ataque de pánico. 

Dami Cullen 

“Soyel primo d Sergio noconocimos hace unmes en sucumpel”

Lorena Parra 

“¿Cómo estás? ¿Todo bien? Qué sorpresa tu mensaje”

Dami Cullen 

“Esq no me animaba ahblarte. Sos re linda Sabías? 

Lorena Parra 

“Jjajajja Gracias! :DDDD”

Dami Cullen

“Q hacias?”

Lorena Parra

“Nada miraba tele”

Empezó el segundo round en la habitación sus papás. Podía escuchar los gorjeos de placer de su mamá y el murmullo húmedo de la voz de su papá. Se tapó la cara con la almohada y cambió de canal. Otra vez el milagro. 

Dami Cullen 

“querés ir a tomar algo? Yote invito :)”

Lorena Parra

“dale. A dónde nos encontramos?”

Dami Cullen

“en plaza serrano en media hora teva¡?”

Lorena Parra

“dale ya salgo”

Lorena saltó de la cama y en exactamente 15 minutos se había vestido, peinado, perfumado y maquillado. Dejó una nota sobre la mesa del comedor y se subió al ascensor. Mientras bajaba se pintó los labios y practicó poses sexies frente al espejo. Salió del edificio radiante. Paró un taxi, se sentó a escuchar música y en media hora llegó a plaza serrano. El lugar estaba repleto. Como siempre. Buscó en su cartera el celular, iba a escribirle a Dami Cullen cuando descubrió que estaba sin batería. No habían quedado en encontrarse en ningún bar, no tenía su teléfono ni había llevado el cargador.

Caminó unos minutos tratando de encontrarlo, pero no lo vio en ninguno de los bares frente a la plaza. Se sintió la peor loser del sábado a la noche. Tomó un taxi y regresó a su casa. 

La nota seguía sobre la mesa y sus padres por el 2do o 3er round. Conectó el celular. 

Dami Cullen

“hola estoyllefando por donde andas?”

Dami Cullen

“hola ya estoy aca donde nos vemos?”

Dami Cullen

“donde estas te estoy esperando hace media hora nos vemos en Tazzz!”

Se sentó en la cama. Estaba por responderle cuando Dami Cullen subió una foto de él brindando con una rubia desopilante con dos margaritas. 

Lorena Parra

Apagó el celular. 






domingo, agosto 11, 2013

Tres libros de autoayuda


Juliana amaba a Daniel desde el comienzo del bachillerato. Él la había ayudado a aprobar los exámenes de química, había pasado tardes enteras con ella con la excusa de un helado y le había dado su primer beso. A un semestre de graduarse de arquitecta, ella pensaba en que podían tomarse un año sabático y recorrer el mundo juntos, antes de casarse y compartir el resto de sus vidas.
Una noche de jueves en que habían decidido no juntarse para poder estudiar juiciosos, Juliana paseaba por los muros de facebook. Vio a Daniel en el chat y comenzaron a hablar de todo y de nada. De pronto Juliana recibió este mensaje de Daniel: “jajajjja mi cielo volvemosa ver medianoche en parís enel cine cuando quieras :) :) :)”. Al principio Juliana no entendió nada porque hacía meses que no iban juntos al cine y esa película recién se estrenaba. Luego entendió algo y pensó lo peor. Hizo como si no hubiera leído nada, cambió de tema rápido y se despidió como siempre y como si nada. Pero no pudo dormir.
Convenció a un amigo que estudiaba informática de que le consiguiera la clave de facebook de Daniel. Él se la pasó a los dos días. Ella descubrió que Daniel salía con otra chica hacía más de un año. Entonces Juliana juntó todas las fotos, toda la ropa, todas las cartas, y todos los peluches que le recordaban a Daniel, los puso en una bolsa y los botó. Terminó con él por teléfono, decidió bloquearlo de todas las redes sociales y no verlo más.
Al principio una ira profunda la animó a seguir adelante. Pero a medida que pasaban los días y Daniel le faltaba en todas partes, empezó a dudar de su decisión. Un viernes a la noche, a los 13 días y 8 horas de haber terminado con Daniel se quebró. Después de siete años era soltera. Lloraba sola en su casa, cogía el celular para llamar a Daniel y con gran esfuerzo lo dejaba otra vez sobre la mesa. Quería decirle que ya no le importaba que tuviera una amante, que ella lo extrañaba, que le hacía falta el olor a champú de su cabello, chocarse con sus lentes en medio de un beso y que la convenciera de sus mentiras con bromas y caricias.
Entre lágrimas fue a la cocina a buscar cualquier cosa dulce que comer. No había helado, ni chocolate, ni mermelada, ni galletas. Después de revolver hasta el último paquete, encontró unas Frunas en un estante alto de la alacena. Cogió una, la masticó con fuerza y se la tragó con todo y sabor amargo. Entonces comió otra que le supo más dulce. Y otra que le hizo olvidar su celular. Y otra que la llevó a su cama. Y otras en su cama que le ayudaron a dormir entre sollozos. De este modo, Juliana llegó viva al sábado por la mañana. Se levantó de la cama y decidió escribir un libro: “Cómo superar una tusa un viernes a la noche a fuerza de caramelos”. Fueron ochenta y siete páginas de liberación femenina que su papá apoyó. Y no solo eso, si no que además logró que un amigo publicara el texto en su editorial.
El libro fue un éxito de venta y Juliana a los pocos meses publicó una secuela: “Cómo superar una tusa una tarde de domingo a fuerza de helado y galletas”. Fue otro best-seller que tradujeron al inglés, francés y alemán: “...siéntate frente al helado y hunde tu cuchara hasta el fondo. Llévalo a tu boca, deja que se derrita, saboréalo. Decídete a ser como el helado para pasar este mal momento: de hielo, pero dulce. Fría, pero irresistible. También déjate espacio para ablandar tu corazón con el calor de un abrazo sincero. Recuerda que no eres de piedra...”.
De más está decir que Juliana subió de peso. Recién graduada, comenzó a trabajar en un estudio de arquitectos. Una mañana, antes de ir a la oficina, se vió frente al espejo y extrañó sus pómulos huesudos y comprarse ropa talla S. Entonces decidió ponerse a dieta y hacer ejercicio. En menos de cinco meses se veía espectacular. Cambió su modo de vestir por otro más atrevido y sensual. Se sentía feliz consigo misma y se notaba. Tenía muchos pretendientes y muchos planes para cada día de la semana.
Un domingo por la tarde salía del cine acompañada por un atractivo caballero cuando se topó con Daniel, que también estaba acompañado. Se saludaron y se miraron con incomodidad. Ella vio a Daniel demasiado petiso, mal vestido, con poco pelo y las mismas gafas. Cruzaron las palabras justas y se despidieron. Juliana decidió que para siempre. Al poco tiempo sacó el tercer tomo de la colección: “Cómo bajar todo lo que engordaste entusada y conseguir un nuevo chico”. También fue un éxito internacional. Y ese fue el último libro de autoayuda que escribió Juliana.   

lunes, febrero 13, 2012

Cajita de música

- ¿Qué mirás?
La habitación estaba débilmente iluminada por la luz del pasillo. 
- ¿Qué mirás? - repitió el niño de 5 años.
El silencio por toda respuesta fue lo que movió al pequeño por fuera de las cobijas en esa noche de otoño. Se sentó al lado del muchachito que observaba atento aquel objeto que despertaba en el pequeño tanta curiosidad.
- ¿Qué mirás?
Santiago le extendió la cámara digital al niño inquieto que había crecido en ese orfanato. No obstante, para Santiago era su primera noche lejos de su mamá y apenas entendía el por qué. La explicación, si había alguna otra más personal que la injusticia, yacía en un video de más de 10 minutos que no podía dejar de ver. 
- Es mi mamá – Dijo el sieteañero. Es bailarina.
Las danzantes imágenes impregnaron la retina del niñito.
- Es muy bella. ¿Dónde está? ¿Por qué te dejó solo?
- No se dónde está, pero estoy seguro de que va a venir a buscarme. Ella no me dejó solo. Se que va a volver. - y le quitó la cámara de las manos.
- Puede ser muy hermosa y que la quieras mucho – replicó Juancho – pero ninguno de nosotros volvió con sus mamás. Vienen otras familias a buscarnos. Lo se porque vivo aca hace mucho.
El pequeño volvió a su cama.
- Mi mamá es diferente – alcanzó a responder Santiago mientras se metía en la cama y tapaba hasta la nariz.
Se durmió confundido. Soñó que se quedaba solo, que su mamá no volvía.
Por la mañana sonó el teléfono en la Institución. Una bailarina joven, madre de un muchachito se había suicidado en el subterráneo la noche anterior.En el orfanato no sabían como darle a Santiago la noticia. El chico miraba el video de su cámara digital sin pausa.  



Ilustración por Mateo Nieto

lunes, febrero 06, 2012

Un dolor de cabeza

Iba caminando solo por las callejuelas de ese pequeño pueblo rogando por una pastilla de ibuprofeno. El sol se estaba encargando de terminar de achicharrar las pocas ideas que me quedaban cuando vi aquella destartalada tienda de ramos generales.
Apresuré el paso y entré. Un hombre de piel curtida y ojos entrecerrados jugaba con el mondadientes en su boca.

- Disculpe...- y el señor me miró como si debiera disculparme por mi intromisión y no se tratara de una formalidad.
- Silencio -
- Eeeh. Señor, ¿tiene algo para el dolor de cabeza?
- Silencio – se fue hacia la parte de atrás del local y volvió con un martillo, un hacha y una caja y una tira de aspirinas comunes.
No entendí nada. El señor se me quedó mirando inquisitivamente. Razoné que en esta pequeña localidad quizás para él un martillo era un remedio razonable para el dolor de cabeza. Así que me decidí a preguntar por posología y precios de los remedios.
- Y digame – espeté de manera dubitativa - ¿Qué hace cada uno y cada cuánto debo administrarlo? También quisiera saber los precios, es que no se cuál elegir.
- ¿Usted es diestro?
- Eeeh, si.
- ¿Las piernas también?
- ¿Ssi?
- Le ofrezco un martillazo en la rodilla derecha, va a olvidar el dolor de cabeza instantáneamente. Esto le cuesta $50 por aplicación. Puede suministrarse golpes cuando lo considere necesario. Tiene algunos efectos colaterales, pero el dolor de cabeza ya no será un problema para usted.
- ¿Me va a cobrar $50 por pegarme un golpe en la rodilla?
- Claro, fueron meses de perfeccionamiento para pegarle justo en aquel lugar que lo deje sin sentido del inmenso dolor de rótula.
- Veo. ¿Y el hacha?
- Me tiene que pagar por adelantado $200, yo le corto su cabeza con el hacha y le pego con Poxiran su nueva cabeza que está en esta caja. Le advierto que solo me quedan de mujer.
- Disculpeme, pero eso ¿no me mataría?
- Es un posible efecto secundario, por eso el tratamiento se paga por adelantado.
- Comprendo. ¿Las aspirinas?
- Por la radio dicen que quita el dolor de cabeza, pero no lo comprobé a ciencia cierta. Se toma una cada 8 horas. Pero le recomiendo el martillazo que lo puede dosificar con la frecuencia que desee y además tiene 100% de efectividad para el malestar que ahora lo aqueja.
- ¿Cuánto están las aspirinas?
- $20 la tira.
- ¡¿20 la tira?! ¡Eso es un disparate completo! A lo mucho salen $9.
- En Buenos Aires, aca no.
- Hummm...

Salí del negocio con un vaso de chicha, realmente quería olvidar el dolor de cabeza a sorbos.   

domingo, enero 29, 2012

Destino

Eran las 3 PM y ella cerró la puerta de su oficina. Una pequeña gota de sangre quedó en el picaporte. Caminó por el pasillo y cruzó un comentario con John Jairo, el Gerente Comercial, quien a pesar de felicitarla por su última exposición acerca de “Optimización de los recursos” no notó el rastro de sangre que brotaba de sus muñecas.
Esperó pacientemente el ascensor y bajó al 1er piso sola. Ese pequeño privilegio le permitió recogerse el cabello y pintar sus labios. Salió del edificio espejado y caminó por la calle 90 en dirección a la autopista norte. El rastro de sangre de su antebrazo cortado marcó la acera con sus últimos pasos por este mundo.
Se compró una arepa en un puesto callejero y se relamió con cada bocado. Implacable, la sangre había manchado su traje beige inmaculado. Ninguno de los transeúntes parecía notarlo. Caminando se perdió entre la muchedumbre. Jamás llegó a destino. 

jueves, octubre 20, 2011

Rojo


Escasamente iba a Buenos Aires, mucho menos en verano. No obstante, las circunstancias lo forzaban. Sentía el calor húmedo y pringoso en su piel pegada a la de quién sabe qué porteño con musculosa, apresurado en el subte por llegar a Callao o a Los Incas. Se abrió paso a empujones entre la muchedumbre y como pudo se bajó en Uruguay. Por un segundo, la idea de refrescarse en la superficie lo alegró. Al salir por las escaleras mecánicas pudo comprobar a pleno rayo de sol que había olvidado los veranos en la ciudad: sintió que se derretía sobre el pavimento. Arrastró su bolso y fue directo a un hotel que le había recomendado su amigo Hugo ayer por la tarde. Quedaba por Uruguay y Bartolomé Mitre, cerca de tribunales. Le iba a ahorrar muchos viajes en colectivo o taxi por la ciudad.

Se registró y subió a la habitación. Aparentemente el conserje consideró que su equipaje no justificaba la compañía de un maletero. Abrió la puerta y lo lanzó encima de la cama de dos plazas. La habitación tenía una ventana que abrió de inmediato. El ruido de la calle no se hizo esperar. Además de la ventana, el lecho y un espejo, no había mucho más que ver. Un desvencijado mueble para guardar la ropa que debía tener casi su misma edad completaba el adusto mobiliario. La cama apenas dejaba espacio para el pequeño televisor prehistórico, cuyo polvo delataba que aún no se había enterado de las pantallas de plasma. Se dio una ducha de agua fría y se dedicó a mirar televisión con su pubis expuesto. La piel de la espalda le ardía con el roce del cubrecamas bordó.

-¡Maldito verano porteño! - pensó. - ¿Quién la manda a Inesita a fallecer un 4 de Enero?

Observó que Buenos Aires en verano era un infierno y que los porteños debían tener algo de demonios, porque soportar 38° centígrados era algo sobrenatural. Comenzó a dormitar mientras pensaba en la cita con el Dr. Peña el día siguiente temprano. Estaba decidido a tratar todo lo ateniente al testamento y la sucesión en el menor tiempo posible. Gracias a la feria judicial, lo veía complicado. El Doctor era una rara excepción que debido a su edad no se tomaba vacaciones y este abogado no se hacía más joven con el paso del tiempo. Casi como cualquier otro mortal.

Él era el único heredero de Inesita Aliaga de Azurduy, su abuela. Su padre no pudo competir con la longevidad de la anciana y cayó víctima de un cáncer de colon dos años atrás. Una propiedad en Talcahuano y Paraguay era suya. Qué iba a hacer con un departamento de 3 ambientes en plena Ciudad Autónoma de Buenos Aires era algo que aún desconocía. La genealogía de Don Pedro Argentino Azurduy terminaba con él y sus improbables chances de contraer matrimonio o tener un hijo con una prostituta ocasional.

Se quedó dormido con la esperanza de que por la noche la temperatura bajara. A las ocho de la noche se despertó y el cielo aún estaba claro. Buscó un noticiero en el televisor que continuaba encendido. Su mente razonaba que, debido a la hora, el descenso de la temperatura debía ser casi condición sine qua non; pero su cuerpo sudado le transmitía lo contrario. Encontró en el zócalo derecho de un canal la información que tanto ansiaba: 37° no era su idea de una baja en la temperatura. Se enfadó con la inclinación del eje terrestre y la latitud de Argentina y, en especial, con el solsticio que comenzaba el 21 de Diciembre.

Se duchó por segunda vez en el día con agua fría y decidió cubrir su pubis para salir a la calle y comer una cena frugal. Salió del hotel y se ofuscó por la humedad del aire. Ya no quería seguir caminando entre esa baba infernal que se le pegaba a la piel, mezclándose con su propia transpiración y mojándolo a cada paso. Rápidamente encontró un kiosco abierto y compró dos yogures con cereal y un agua. La botella de litro y medio estaba más húmeda que fría.

Volvió de muy mal humor al hotel. La chomba ya estaba sudada. Cerró de un portazo la puerta de la habitación, tiró la bolsa de plástico blanca sobre la cama. Se sacó las sandalias de cuero, las bermudas color caqui y la chomba que estaba visiblemente mojada. Maldijo su suerte y su pequeña fortuna en Capital Federal. Su piel ardía y el sol ya estaba oculto. Tenía un calor demencial. La tercera ducha de agua fría no se hizo esperar. Los boxers quedaron colgando del bidet del baño.

Se tragó la cena frugal y tomó toda la botella de agua. La sed era insoportable. Como dormir no podía, se quedó mirando la televisión vacíamente. Cambiaba de canal pero en lo único que podía pensar era en el calor que sentía. La piel contra el cubrecamas le ardía de manera tenue pero innegable. Pensaba en ello como quien se quema con una cuchara caliente al revolver la sopa mientras se cuece y solo luego de varios segundos se da cuenta.

La señal de alarma lo alertó con una ampolla. Saltó de la cama y quitó la pieza de blanquería. Se encontró con sábanas rojas. Lo asaltó la sorpresa, no era su idea de higiene y respetabilidad. Se preguntó por qué la ubicación y el precio del hotel incidieron tanto en su decisión de seguir el consejo de Hugo. Hundió su rostro en la ropa de cama y descubrió que era suave, más suave de lo que había imaginado. Por otro lado, olían a perfume de lavandería. Se tranquilizó un poco.

Pensó que el cubrecamas, ese cubrecamas que usan todos los clientes para acostarse y apoyar cuánta cosa se le ocurra o hacer quién sabe qué cosa en ese hotel de mala muerte, le había dado alergia. Decidió ducharse y buscar un bar para tomarse un whisky. Era casi las 1 de la mañana y todavía no había apagado el televisor. Se duchó por cuarta vez con agua fría. Odió cubrir su cuerpo con ropa, sin embargo, esa era una obligación que no podía pasar por alto. Así como la cita con el Dr. Peña a las 9 am de ese jueves.

Bajó a la recepción y le preguntó al conserje por un bar abierto. Amablemente, Facundo Solís, encargado de pasar largas horas de vigilia a fuerza de mate, ofreció traerle del bar la bebida que quisiera debido a que esa hora por estas fechas no había ningún bar abierto en cuadras a la redonda. Además tenían tiempo de sobra en el palier y la noche era larga. Aceptó ese favor como si hubiera sido el primer acto amistoso que le ofrecía la ciudad desde su llegada a Retiro. Tomó su primer whisky y notó que Facundo, ese joven, para conserje era bastante buen bartender. La medida y la cantidad de hielo eran perfectas. Además no lo había engañado con la etiqueta. Se contentó y tomó tres whiskies más. Relajado, habló con aquel joven estudiante de turismo hasta que recordó su cita por la mañana.

Entró a la habitación, su cuerpo estaba flojo. Estaba en paz con la situación. Se desvistió perdiendo el equilibrio de a ratos. La ropa quedó regada en el piso, formando una vista aérea de la habitación bastante colorida. Se acostó en la cama de un tumbo e increíblemente, olvidó el calor y se cubrió con las sábanas. La música que sonaba en la televisión que continuaba encendida, lo ayudó a dormirse con un sueño magnífico: soñó que las notas se convertían en caminos de colores, como un arcoiris que lo rodeaba y era suave y perfumado como las sábanas que lo envolvían. Comenzó a sudar entresueños, el rojo de las sábanas se oscureció con su figura bípeda. Los colores lo envolvían, lo rodeaban. Se comenzó a sentir ahogado, acalorado. La mancha de las sábanas rojas se extendió. No podía despertarse y sentía un calor exorbitante, extrasensorial.

El Dr. Peña llamó a las 9,45 am al hotel a preguntar por el Sr. Azurduy. Transfirieron la llamada a la habitación, pero no hubo respuesta. El conserje tomó el mensaje. A las 15 horas, una de las mucamas de la tarde llamó la atención del encargado con sus gritos histéricos. Como el Sr. Azurduy no había respondido a sus golpecitos en la puerta pensó que no estaba o que no la oía debido a la televisión encendida a alto volumen. Presa del hábito, había entrado a cambiar las toallas y hacer la cama. Lo encontró carbonizado bajo las sábanas rojas (las manchas de sudor ya estaban secas). El extraño caso de su deceso salió por televisión.

miércoles, octubre 13, 2010

El corazón y la conciencia

Raúl era un ladrón. Pero no era cualquier ladrón, era un boquetero. Él era albañil, y la historia de cómo se vio involucrado en ese robo al banco Macro de Callao 264, en pleno centro porteño, es otro cuento. No niego que es muy interesante. Pero esa es una historia que puede llegar a interesarle a Pol – ka producciones. No a mí.
El botín de las cajas de seguridad había sido cuantioso. Los cuatro cómplices tenían años de vida de relajo asegurada. Nuestro personaje vivía tranquilamente en un PH alquilado en el barrio de Almagro, cerca de la plaza. No ostentaba, pero vivía bien. Dos de sus compañeros se habían ido del país. Realmente no los extrañaba.
A decir verdad, nada en la vida de Raúl era realmente extraordinario. Lo que convertía a Raúl en un boquetero excepcional, no era su capacidad para imaginar los planos de los lugares que visitaba, o el conocimiento de materiales para la construcción o deconstrucción, tampoco que a sus 50 años seguía ejercitándose y uno podía ver su silueta sudada corriendo por Parque Centenario, cualquier día a las 20 horas. No.
Lo que hacía a Raúl realmente único, era el hecho que sentía culpa. Él no era un católico practicante. Pero la educación que recibió y su madre, lo condenaban. La madre de Raúl vivía en Turdera y tenía 72 años. Él aún seguía visitándola todos los domingos, para el almuerzo. Ella era profundamente católica e intentaba con sus esfuerzos de anciana de fe que fuera a misa, que retomara la palabra del Señor.
Raúl la escuchaba, le llevaba flores y bombones. La colmaba de atenciones. Pero en realidad sentía que moría cada vez que ella le mencionaba las sagradas escrituras. “Rulito querido, hoy recé por vos, para que no tengas ningún accidente de trabajo. A mi me da tanto miedo esas obras, tan peligrosas, sos tan valiente... Es por tu angel guardián, sabés que él te protege.” Y a Raúl se le encogía el corazón.
Y tanto se le encogió el corazón que un jueves a las 20.25 corriendo por Parque Centenario tuvo un infarto. Apenas si tuvo tiempo de detenerse a tomar aire, pero no era suficiente. Cayó desplomado al piso, entre la gente. Entonces sintió una sensación de paz muy grande y sintió que estaba en un tunel. Hacia el final, obvio, la luz. No sentía dolor, ni hambre, ni miedo. La luz se hizo más grande y supo que estaba en el cielo. ¡En el Cielo! ¡Nada más y nada menos!
Raúl pensó que él no merecía estar allí ya que era un ladrón y había violado uno de los diez mandamientos. Pero terminó de pensarlo y una voz que no venía de ningún lado y de todos le dijo: “Raúl, no temas. Tienes un buen corazón. Cada quien tiene sus defectos”. Raúl sobrecogido gritó para sus adentros: “¡Pero robé, robé con premeditación y alevosía, robé y la engañé a mi madre”. La voz se fue oyendo cada vez menos y el dolor comenzó a volver de a poco. Pero claramente oyo: “Rulito, el que roba a un ladrón...”.
Y se despertó. Estaba rodeado de gente consternada. Por suerte había caído del lado del Durand así que en minutos llegó un enfermero. La gente lo consolaba e intentaba socorrerlo. La culpa había desaparecido. Y es así como ahora, completamente recuperado, planea su siguiente golpe.  

martes, septiembre 21, 2010

¡Se come las eses!

Esto es parte del diálogo que tuvieron Juanita, maestra de tercer grado y Agustina, mamá de Pablo:

- Buen día señora Perez, gracias por venir.

- Buen día, Juanita. Digame, ¿por qué me citó? ¿Qué pasa con Pablito?

- Le comento: Pablito omite las eses...

- ¡¿QUE PABLITO SE COME LAS ESES?!

- Si, es un caso raro emp...

- ¡Esto es inaudito! Eso en casa no lo hace. Seguro que es por una mala influencia, nosotros, mi marido y yo, no somos grandes literatos, pero los dos tenemos formación universitaria. En casa tenemos libros, leí el Código da vinci completito; sin omitir ninguna página. Comprendo que quizás no fomentamos la lectura lo suficiente, pero hay otras cosas en la vida aparte de la lengua, sin ir más lejos mi marido es contador y yo soy bioquímica. Tiene que ser acá, en esta escuela, tiene que tener un mal ejemplo. ¿Juanita usted no se come las eses verdad? No, claro que no, usted es maestra. Pero quizás algun amiguito menos acomodado. ¡Mirá vos! Uno lo manda a una escuela privada pensando que deja a su hijo en manos de gente bien y mirá con lo que se encuent...

Juanita se mordió el labio nerviosamente y le extendió el cuaderno de Pablito. Agustina leyó:

Marte* 15 de *eptiembre, día de *ol

El perro corre.

El gato ronronea.

El *apo *alta.

El pájaro vuela.

- ¡Ah!- dijo Agustina- ¡Omite las eses!- se puso colorada a más no poder. Nunca había estado más avergonzada.

- Sí- dijo Juanita- . Como le decía, empezó el martes pasado. Calculo que es una broma, algo para pasar el tiempo. Hable con él por favor.

- Si, claro. Gracias Juanita. Y disculpeme por lo que le dije.

- No hay problema, dijo Juanita con una sonrisa poco convincente.

Agustina se fue caminando por el pasillo. Bajó la escalera, salió del colegio y subió al auto. Como suele ocurrir habitualmente con la gente que habla demasiado, la tierra no la tragó.