martes, marzo 01, 2011

Una vida

El hombre uniformado apuntó con precisión y sin pena. Apretó con firmeza el gatillo y la bala sonó fuerte y clara en el silencio de la madrugada. Salió disparada y cortó el aire fresco con la exactitud de un cuchillo recién afilado. A su alrededor el mundo estaba detenido, ya no giraba y los relojes de arena habían dejado de desmigajarse en las casas. Las agujas de los minuteros dejaron de correr en aquel preciso instante crucial.
La muchacha veía con horror la muerte que se aproximaba, veloz e implacable. Estaba golpeada, cansada y ensangrentada. Hacía meses que no veía a ninguno de sus amigos ni parientes. Había sido arrancada de su propia vida por unas garras atroces e inclementes. Éstas tan solo servían para desgarrar, descuartizar, rasgar, despedazar y quebrantar almas, personas, madres e hijos. Amigos y hermanos, esposas y esposos, primos, tíos, familias enteras sin ningún tipo de reparo.
Tomó la última bocanada de aire fresco. La garganta estaba seca y en la boca tenía el metálico sabor de la sangre al que ya se había acostumbrado a fuerza de cachetazos y patadas. Pensó en ella, en su destino. Ya no vería nunca más un amanecer como este, sus ojos ya no recorrerían el cielo en busca del alba, del sol desperezándose en el firmamento. No vería las nubes rosadas, bellas y esponjosas vagar a la deriva en el mar celeste y sin agua.
Pensó en los hijos que ya no podría dar a luz. No disfrutaría del milagro de sentir una vida gestándose en su vientre, de verla crecer, de percibirla moverse y danzando dentro de su ser. No lograría sostenerla entre sus brazos para darle la bienvenida al mundo tal como había deseado en tantas oportunidades. No podría abrazarla y sentir el calor invadiendo su piel, llenarse de aquella vida.
No pasaría tardes enteras con su marido buscando el nombre perfecto para el bebé. Ya no podrían discutir acerca de si Marcos o Agustín era mejor que Sebastián o Gerardo. No alcanzaría a arrugar la nariz y hacer puchero, a fingir ese enfado juguetón con el que siempre terminaban sus tontas discusiones. Él ya no se acercaría a abrazarla y a hacerle cosquillas en su panza abultada para que riera con su carcajada musical y alegre.
Pensó en todas aquellas personas a las que ya no ayudaría. No podría curar más a ningún anciano ni niño. Tampoco llegaría a calmar más a madres intranquilas por la fiebre del nene. No atendería más a ninguna de esas personas, la posibilidad de quitarles aquella dolencia o tan sólo escucharlos, como necesitaban en ocasiones, le estaba siendo robada, en ese momento exacto.
Pensó en todos los abrazos que no podría dar, todas las caricias que ya no llegaría a entregar. Aquellos besos que quedarían atrapados en sus labios sin aliento, queriendo salir desesperados. Recordó todas las canciones que no volvería a cantar bajo la tibia lluvia del baño, todos los colores que conforman la increíble paleta del mundo y que no volvería a ver. Imaginó todas las risas que no estallarían en su boca, todas las lágrimas que no se escurrirían de sus ojos verdes para precipitarse por sus mejillas.
La bala, imperturbable, seguía recorriendo su camino. ¿Acaso sabía el desastre que ocasionaría?¿Intuiría el poder que tenía, la vida que extinguiría? ¿Conocía el milagro de su risa única y su mirada irrepetible? ¿Lo inefable de su singular existencia, entre tantos millones de seres humanos? ¿Entendería que en toda la historia, en todo el mundo, entre todas las personas, nadie, nunca, jamás sería igual a aquella muchacha que mataría en ese preciso instante?
Penetró la carne limpiamente, sin margen de error. El cuerpo se desplomó en el piso, inerte y estático. La sangre comenzó a brotar exaltada. Se escabullía entre el pasto, como si quisiera huir de tamaño espanto. El suelo comenzó a teñirse de rojo, al igual que lo hace el cielo a la hora en que el sol nace. 

miércoles, febrero 02, 2011

Nieve y Valentina


Ilustración por Lucía Martina Ruiz Lopez

Nieve y Valentina

Valentina era una niña muy rubia. Tenía el cabello largo, casi le trepaba por la cola. No era lo que se dice lacio así como tampoco enrulado, pero algunas leves ondas le coronaban la carita pecosa de hada traviesa. Su nariz respingada se arrugaba cada vez que algo no era de su agrado. Por ejemplo, se sentaba a la mesa a almorzar y encontraba bastoncitos de espinaca en vez de papas noisette y un leve frunce aparecía justo en la parte superior de sus fauces. No obstante, ya había aprendido que no podía rezongar por la comida. Así que con frunce y todo metía el bastoncito en su boca. Masticaba y en cualquier momento de distracción de la madre, procedía a envolverlo en la servilleta que muy cautelosamente mantenía siempre en su regazo y luego tiraba a escondidas.
Era una muchachita de tan solo siete años. Sin embargo era capaz de espiar a su papá y su mamá y saber que había una pastillita que su madre tomaba todas las mañanas antes del café, mientras creía que su hija estaba en el baño, de la que no quería hablar. Ya le había preguntado una vez si estaba enferma y si tomaba remedios, pero su mamá lo negó rápidamente. Del mismo modo, había una cajita de madera secreta con un olor muy rico que su papá y su mamá guardaban celosamente arriba de la biblioteca, para que ni ella ni Teo puedan agarrarla. Tan solo diez años más tarde Valentina descubriría que se trataba del escondite de marihuana de sus bienamados padres.
Teodoro era el hermanito menor de Valentina. Tenia tan solo cuatro años. Con el nacimiento de Teo, Valentina no solo se puso más alegre y altanera, sino que incrementó la cantidad de juguetes a su alcance como ninguna, además de un pequeño soldado dispuesto a cumplir cada orden que ella le diera. Como por ejemplo hurgar en los bolsillos de los abrigos tanto de los padres como de los invitados para sacar algunas de sus monedas y comprarse caramelos. Nadie, en tres años que Valentina lleva a cabo esta pequeña delincuencia, parecía haberlo notado. Algún que otro amigo que viajaba en colectivo o alguna protesta del padre por no tener para el parquímetro han llegado a los oídos de la pequeña. Ella tan solo se queda muy tiesa y ruega porque una vez más la madre alegue distracción o extravío.
La vida de Valentina era una vida acomodada. Era, lo que se dice, la reina de la casa. Tenía decenas de juguetes, suyos y de su hermano de los cuales se apropiaba por ley transitiva. Era dueña del control remoto de la tele y el dvd, jugaba a toda hora con la Nintendo wii y tenía su propio teléfono celular. Vivía en una casa enorme en el barrio de Villa Urquiza, donde había habitaciones de sobra. Tenían también un quincho y una pileta que los hacía felices los días de verano. Además la familia había adoptado un precioso gatito blanco. Era blanco como la espuma del mar en verano, era suave y era muy juguetón. Así que casi nada faltaba para que este fuera un cuento de colorín colorado, feliz Valentina vivió su reinado.
Pero Nieve fue el único de la casa que osó enfrentar a Valentina en su reinado ya que al gato no le interesaban las ingeniosas piedritas ultra absorbentes que yacían en su litera. Casi siempre las usaba, pero cada vez que veía la oportunidad se escabullía por la puerta entreabierta del cuarto de Valentina y hacía pis nada más y nada menos que en su cama. Así, cuando la muchachita llegaba del colegio se encontraba con la cama húmeda y un olor que por la noche la atormentaba como mil demonios aullando.
A Nieve lo adoptaron en Octubre y era bebé. Valentina lloraba cada vez que encontraba un regalito en su cama y decía que no quería que se quedara más en la casa, pero la verdad es que nadie más tenía objeciones contra el gato. Los padres pensaban que era una travesura de un cachorro y que ya dejaría de hacerlo pronto. Hasta le compraron un colchón nuevo a Valen que para que no se quejara del olor, pero Nieve se encargó de marcar territorio muy pronto.
Una tarde radiante de Noviembre en la que Valentina estaba preciosa con sus dos colitas sucedió. Encontró a Nieve en su cuarto, justo intentando limpiar con sus pequeñas garras el pis que había hecho en la cama de la niña. A Valentina se le frunció la nariz. Sin pensarlo mucho abrió uno de sus cajones, se puso guantes, tomó al cachorro por el lomo y fue al jardín. Se acercó a la pileta que estaba recién llena y sumergió al gato. El felino se sacudía con toda su fuerza, intentaba arañar a la niña enfundada en asesinos guantes de esqui, pero no podía. Se sacudió entre esas manitos infantiles, luchando por un oxígeno que no llegaría nunca.
El gato dejó de estremecerse. Valentina se sacó los guantes y los escondió en el lavadero. Entró a la casa y se sentó en la mesa. La madre le sirvió leche chocolatada. Aún con la nariz fruncida la probó. Tenía el mismo sabor delicioso de siempre. Se la bebió de un sorbo y se relamió hasta la última gota.

sábado, enero 01, 2011

Higiene


Ilustración por Lucía Martina Ruiz López

Higiene

Eva abrió la canilla del agua caliente y el agua comenzó a llenar la tina. Jugueteó con el enorme botón de su pantalón, era redondo y plateado. Le fascinaba sentir su metálica frialdad en las yemas de sus finos dedos de porcelana. Eva lo desprendió, el pantalón se deslizó dócilmente entre sus piernas y cayó rendido en las baldosas blancas. Eva se quitó la remera y observó en el espejo. Una hermosa muchacha de palidez lunar y cabello azabache le devolvió una melancólica mirada.
Colocó dos fanales colorados en los extremos de la bañadera. Ritualmente prendió las velas y decidió callar a la lamparita que, insistente, gritaba con su luz ensordecedora iluminándolo todo. Tomó las sales de baño y echó un puñado. Eva acercó su pequeño pie al agua y apenas la rozó. Comenzó a sumergirse lentamente. Una sensación envolvente de delicada tibieza recorrió su piel.
Eva se recostó en la tina y cerró los ojos. Las llamas danzaban dentro de los fanales. Una luz carmesí le iluminaba el rostro inmutable. En la habitación imperaba una quietud intoxicante. De pronto, una lágrima, impertinente, molesta, rodó por la mejilla tersa y levemente rubí quebrantando la calma.
Eva contrajo sus labios y párpados, pero ya era tarde. Una tormenta se había desatado en su interior y no podía contenerla. De sus ojos brotaban lágrimas de la más solitaria de las penas, de una tristeza corrosiva y atroz, cancerígena, ígnea, sofocante. Comenzó a gemir, sollozaba y se lamentaba sin tapujos, sin vergüenza, sin ninguna clase de reparos.
Su cabeza ardía en llamas de desconsuelo, de miseria y desesperanza. Eva se encogió, rodeó sus piernas con los brazos y apoyó las rodillas en el pecho. Su llanto era cada vez más lamentable y espectacular. De los ojos sanguinolentos brotaban lágrimas sin interrupción, los sollozos eran angustiantes y lastimosos, la respiración difícil y entrecortada. La mano derecha comenzó a temblarle, pero Eva no se detuvo.
Lloró por minutos enteros, lloró de manera enérgica y constante, agitada y perturbadora. Lloró hasta extenuarse, hasta sentirse completamente vacía y marchita. Cuando Eva ya no pudo llorar más, hundió su cara en el agua y se levantó. Se cubrió con una tolla blanca y corrió el tapón de la bañadera. El agua comenzó a deslizarse apresuradamente por el drenaje. Eva no se movió. Tiesa e increíblemente frágil, se quedó a observar como se escurría hasta la última gota de agua y de pena.

miércoles, diciembre 01, 2010

Celebraciones


Ilustración por Lucía Martina Ruiz Lopez

Celebraciones

Como odio estas fiestas en las que tengo que estar por estar, marcando asistencias como una buena alumna, tan sólo por no reprobar en esta materia que es ser prima segunda. Ahí viene mi tía con sus eternos sandwichitos que arma pacientemente durante horas y horas y días enteros refugiada en la cocina, para que todos engullamos en minutos lo que ella trabajosamente preparó como esclava en la cocina. Como siempre están las empanaditas de carne, las de jamón y queso y las de choclo, especiales para mi prima Laurita, que tanto le gustan y que se encarga de custodiar celosamente frente a la bandeja plateada, mirando de reojo a todo aquel que ose tomar alguno de sus preciosos tesoros de maíz y masa, maldiciendo cada mano que se acerca, como si fuera a comerse semejante cantidad de empanadas, pienso yo. Ojalá alguna vez nadie comiera ninguna de sus regordetas empanadas, así ella se tragara todas y cada una de ellas, y con un poco de buena suerte se hinchara como un globo y entonces estallara como una piñata entre todos nosotros, regándonos de confeti. Entonces yo reiría como loca de alegría y empezaría a saltar y cantar entre tanta confusión, juntando el papel picado para lanzárselo a los invitados a la cara y terminar con ese cuadro patético y enfermizo que me lleva a disimular silenciosamente todas mis ganas de huir despavorida o lanzarme por el enrejado del balcón. Es por eso que como todo lo que se cruza, en especial me gustan las empanadas de carne, medio jugositas y con pedacitos de aceitunas, tal como las prepara mi laboriosa tía con sus manos gastadas, ya me comí como cuatro y la panza no me da más. Pero igual sigo comiendo, decidida a irme con un tremendo dolor de panza y una sensación de repugnancia incontenible que me lleve a expulsar toda mi angustia en un violento vómito pestilente. No puedo parar de meterme cosas a la boca, un sandwichito, una empanada, un sorbo de coca, un canapé, otra empanada y sigo en una cadena ininterrumpida que no cesará hasta que cruce triunfante la rígida frontera que me separa de mi mundo, esa bendita puerta blanca inmaculada con un magnífico picaporte de bronce que brilla al igual que lo hace todo en esta casa. Resplandece “como una tacita de plata”; miro los suntuosos sillones de tres cuerpos con el tapizado impecable y las sillas de roble que brillan de tanto lustre y pienso, pero esta gente cómo hace para vivir así, nunca una pelusa, a nadie se le volcó jamás una copa de vino en los sillones, imagino que caminarán envueltos en bolsas de polietileno para no ensuciar el mobiliario y los adornos con sus suspiros moderados y sus comentarios corteses. Miro deseosa la puerta y un pariente se me acerca, creo que es el esposo de mi tía abuela, pero la verdad que no estoy segura, me sonríe con unos dientes amarillentos de tabaco y me lanza todo el humo de su asqueroso cigarrillo Parisien mientras pronuncia ¿qué tal nena, la escuela como va? Bien por, suerte; le respondo con mi mejor sonrisa de nena buena, y me abstengo de decirle que ya estoy en mi segundo año de facultad y que a él en realidad le tiene muy sin cuidado si me va bien o me va mal en la facultad, en el colegio, en el trabajo o donde corno sea, ya que ambos vivimos perfectamente unos 362 días al año en los que no tenemos ningún tipo de contacto y que a no ser por estas endiabladas reuniones en las que mis parientes se empecinan en juntar personas que nada tienen que ver entre sí, más que el parentesco y que poca relación guardan unas con otras, nos ahorraríamos de tener que vernos estos tres días al año que son navidad, pascuas y año nuevo. Cortésmente pido disculpas y me levanto para ir al baño, pero no es que en realidad tenga ganas, sino que me apresuro a evitar una charla indeseable. Obviamente el toilette, porque en esta casa no hay baño, está ocupado, así que vuelvo a sentarme en el mismo lugar, no sin antes cerciorarme que aquel amabilísimo señor se hubiera marchado. Observo impaciente la puerta de entrada y como otro sándwich, la puerta de nuevo y agarro un canapé de roquefort: ¡ay, pica!; pienso mientras lo mastico. Tendría que haber agarrado otro, la puerta y entra otra persona que ni siquiera conozco. Andate, debería decirle, no entres es tenebroso. Pero no puedo porque mi boca esta llena, ahora es pionono de atún lo que me entretiene, creo que masticar constantemente es la única excusa que encuentro para no ponerme a gritar como una loca que esta reunión me da asco y que no tolero estar entre tanta gente que se desgasta en fingir un interés por personas que no conoce y que se empeña en mantener conversaciones triviales que no le interesan para cumplir con el designio de celebrar algo impuesto y que seguramente también les tiene muy sin cuidado. Y todos se sonríen unos a otros y comentan lo lindo que es el mantel y que se nota que está bordado a mano, lo grande que está mi primo segundo, que la última vez que lo vieron era un nene que jugaba con autitos y ahora ya es todo un muchacho, hecho y derecho, que se rasura y todo; y lo bien cuidadas que mantiene mi tía a las plantas de interior, cómo brillan las hojas del potus y qué frondoso está el helecho, es sin duda admirable, es que Claudita es tan habilidosa, manos de hada tiene. El llanto a moco tendido de Manuel sorprende a pocos. La mayoría se queda conversando alegremente con la copa en la mano mientras que saladas y redondas lágrimas caen de las mejillas del niño de siete años de edad. Casi a los gritos pide que le traigan un huevo de pascua. Entra Claudita con sus manitos de hada cargando el postre: una frondosa ensalada de frutas que preparó con sus manos. Manuel se desespera de horror y llanto frente a la ensalada. Sus agudos alaridos de infante me crispan los nervios y comienzo a arreglarme el cabello mientras su madre sirve la ensalada de fruta y le comenta a Carlos, su primo, lo cara que le vino la boleta de la luz por el tener el aire acondicionado veinticuatro horas. Espantada por la indiferencia frente a los gritos de Manuel y al borde de una aneurisma rechazo gentilmente el postre. Mejor me dejo un lugarcito en el estómago para comer los huevos de pascua de chocolate, entre tanta empanada y vithel toné. Si no se sorprenden es porque creo que saben que soy golosa. Manuel a todo esto sigue llorando y en un acto de rebelión extrema se levanta y va a la cocina a buscar aquellos simbólicos manjares ovoides. Claudita hace caso omiso y enciende la tele porque hay partido de fútbol y a mi primo segundo le encanta. Roberto se pone a leer el diario. Nora comienza a levantar la mesa. Manuel, con delicadeza abre un huevo artesanal, lo saca de la caja y lo deja envuelto en el papel celofán. Lo mira con furia concentrada y se pone bizco. Con su pequeña manita lo sostiene y con la velocidad, impacto y fuerza de un rayo golpea el huevo de chocolate contra su frente. La golosina se hace añicos dentro del transparente envoltorio. Manuel se frota con una de sus manos donde se golpeó. Una lágrima perpleja se escurre por el infante lagrimal. Claudita lo mira azorada.
-¡¿Qué hiciste?! ¡¿Estás bien?! ¡¿Te golpeaste fuerte?! ¡Así no se rompen los huevos, querido!
La familia enmudeció. La sala quedó en silencio como si hubiese pasado un ángel. Sin querer Claudita que es más buena que Lassie después de comer dijo públicamente una frase que es un bochorno, una clara ruptura de la isotopía estilística en su vida.
Manuel se pone a llorar y Claudita lo acompaña al baño a que se ponga agua fría. El niño vuelve a sentarse a la mesa un poco más calmado. Claudita lo mira de reojo. Nora vuelve al comedor. Parte de los comensales se abalanza silenciosamente sobre la mesa para poder sentarse. Manuel toma un trozo de chocolate y lo come. Yo me relajo un poco y dejo de tocarme el cabello. Nora abre otro de los huevos, todos nos animamos a devorar como una manada de felinos hambrientos. Roberto come chocolate mientras lee el diario con la boca entre abierta y se atraganta de risa y dulce con un chiste de Gaturro. Nora lo mira ansiosamente porque quiere leer el diario. Mientras tanto, ojea un suplemento.
Doy un suspiro y como un trozo de chocolate, debo haber agregado unas cien kilocalorías a mi cuerpo. La rutina de final de reunión comienza a acomodarse. En la televisión las publicidades se suceden en la tanda. Me levanto sonriente y agradezco la invitación a mi tía, ya he tenido suficiente. Saludo a la parentela cordialmente. Seguramente nos veremos el veinticinco de Mayo, o quizás el nueve de Julio, el veinticuatro de Diciembre o la noche del treinta y uno. Cruzo la puertita blanca inmaculada con un magnífico picaporte de bronce que brilla al igual que todo en esa casa. Mis alvéolos se descontracturan: ¡Aire, al fin!